domingo, 9 de agosto de 2015

Érase una vez...

... una Gallina.

No era una Gallina normal, era más bien una gallina hiperactiva. No paraba de hacer cosas.
Dormía una media de 5 horas diarias, y nunca seguidas.
Madrugaba para tener su corralito limpio antes de que sus polluelos se levantaran.
Luego dejaba la comida hecha antes de ir a la piscina, porque el pollo grande aun no tenía vacaciones y no podían irse a la playa.
En la piscina tenía que bañarse con el pollito pequeño, aunque ella era más de secano.
Luego subían a comer e intentaba que se respetará la hora de la siesta, pero sus pollos creían que hablaba chino y nunca entendían que quería decir ella con eso de dormir un ratito después de comer.
Mientras los pollitos merendaban, ella dejaba la cena medio lista, volvía a coger los bártulos y volvían a bajar a ponerse en remojo (es que donde ellos viven hace mucho calor).
Cuando el socorrista cerraba la piscina, aguantaban un poquito mas jugando en el césped y se subían a empezar con las duchas y cena. 
Como era verano, sus pollitos siempre querían ver una peli antes de irse a dormir, así que ella aceptaba y mientras, recogía la cocina y planchaba un poquito (que siempre tenía mucha plancha en casa...)

Todo eso lo hacía cada día. 

A veces también tenía que salir a hacer la compra semanal, o a por algún encargo, lo cual suponía un gasto de energía extra porque sus polluelos no querían ir con ella.

Además ella sacaba tiempo para leer un poquito cada día antes de irse a dormir, y también intentaba coger la aguja y hacer algo (para desestresarse, sobre todo), pero esto último no lo conseguía.

Los mejores días eran cuando el pollo mayor llegaba antes a casa, o cuando el fin de semana salían todos juntos a cenar, o al cine, o a dar un paseo...

Pero esta Gallina tan ajetreada, tan, tan, tan ajetreada, no cambiaría ni uno solo de sus momentos con sus pollitos por nada del mundo. 






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